La metáfora de la montaña que quería ser un volcán

 In General, WAY/WIll
Por Pol Fages                

(Dale al play)

 

Todo sucede en una de las cordilleras más largas del continente, justo en la zona de más movimientos sísmicos. En una parte muy concreta, ahí por el año X antes de Cristo (No hay fecha exacta) nacieron unas montañas nuevas. Una de ellas, la más pequeña era más bien una colina. Todas tenían la altura suficiente como para albergar nieve en las altas cimas. Todas, menos una que miraba con anhelo poder tener aquel sombrerito blanco y picudo (no es ningún guiño a ninguna secta).

De repente durante un tiempo hubieron muchos terremotos alrededor, tantos, que la cordillera se separó en dos, alejándose de aquel grupo de brotes alpinos que vivían seguros a los pies de la sierra Madre. La zona sufrió numerosos cambios, muchos árboles desaparecieron, familias de animales se mudaron (con maletas y todo), y lo más importante…por efecto del sol, la nieve desapareció de aquellos sesos aún adolescentes, dónde antes había sombra.

Todas se sintieron desnudas, y ahora miraban a la pequeña colina para que les enseñase como vivir sin aquella capa inmaculada.

Pasaron los años y nuestra colina se sentía cada vez más insegura, pensaba en cómo iba a sobrevivir si otro movimiento sísmico la movía kilómetros más allá. Así que se puso manos a la obra y forjo sus cimientos con el material más fuerte de la zona, asegurándose, de esta manera , que no se movería de allí en siglos. Y así fue… fin de la historia, ¡Que no!.  De repente se produjo el terremoto más duro de todo la pre historia. Nuestra protagonista no se movió un pelo, pero todos sus compañeros fueron desplazados hacia otros lares. No solo eso, sino que por crear una base demasiado sólida, un chorro de lava salió brotando de sus entrañas (como los mentos en la cola), formándose un volcán adyacente en nuestra colina. Los dos crecieron en altura y  podían ver y contemplar todo el valle.

La nueva pareja no se llevaba demasiado bien, parecían un caribeño con una danesa:  que si una quería nieve,  el otro la fundía, que una le apetecía ver el paisaje y respirar aire puro, el otro encendía su chimenea, cuando éste quería moverse de sitio, la otra no lo dejaba…

Como dos siameses convivieron a duras penas compartiendo cada actividad los 365 días del año. Aún así nuestra nueva montaña se sentía cada vez más sola, y no solo eso, sino que mal acompañada, con lo que la impotencia, la rabia y la tristeza se magnificaron. Además veía que su nuevo inseparable «amigo», se llevaba bien con todos los demás elementos que los envolvían, los pájaros,  la lluvia, la niebla, el sol y sobre todo con las nubes.

Todos los días de la vida pueden ser especiales, así que un día especial cualquiera la montaña le preguntó al volcán: – ¡Oye! ¿por qué hablas tanto con las nubes? ¿Qué os traéis entre manos?-

Él la miró con ternura y le contestó con voz reveladora: No hablo con ellas, hablo conmigo mismo,

¿Cómo? – contestó ella frunciendo el ceño.

El volcán siguió: – Lo que tu llamas nubes, son una parte de mi.  Verás, creer que los aprendizajes más valiosos de nuestra vida los encontraremos justo en el lugar que nacimos es la mezcla de la improbabilidad y la pretensión- .

Añadió:  Solo aquel que es capaz de moverse de su sitio puede crecer más que todas esas montañas que vemos a nuestro alrededor. Las nubes las creo yo cuando mis ganas de viajar se despiertan, de esta manera puedo recorrer, explorar , revelar, hallar y descubrir nuevos mundos donde poder instalarme por un tiempo. Cuando encuentro uno, caliento mi lava de aquellas montañas que más se agarran a la corteza y ….bien, ya sabes el resultado.

La montaña aun estaba atónita por todo lo que había escuchado, pero tuvo muy clara su próxima pregunta… – ¿Y cómo puedo irme a otros sitios y aprender de ellos como tú?

 

Y él le contestó, Muy fácil…solo tienes que dejar de ser sólida 

Please follow and like us:
Recent Posts

Dejar un comentario

Contacta

Cualquier duda que tenga, puede contactar con nosotros.

libre